El silencio frente a la barbarie: imperialismo, coerción y miedo en el orden contemporáneo
Resulta imposible no preguntarse por el silencio que rodea la agresión sistemática contra un país hermano como Venezuela. No se trata únicamente de omisiones diplomáticas aisladas, sino de una conducta reiterada que revela la existencia de mecanismos de presión más profundos, propios de una lógica imperial que no ha desaparecido, sino que se ha transformado.
La política exterior de los Estados Unidos bajo la administración de Donald Trump puede analizarse desde dos dimensiones complementarias. La primera es la estrategia de la imprevisibilidad, o lo que podría denominarse la “teoría del hacerse el loco”. Las declaraciones sobre la anexión de Canadá o la apropiación de Groenlandia —justificada bajo el pretexto de la “seguridad”— no deben leerse únicamente como excentricidades personales, sino como una forma de violencia simbólica. Esta puesta en escena de inestabilidad busca quebrar psicológicamente a los interlocutores antes de cualquier negociación. Quien se sienta frente a un poder que se presenta como irracional y dispuesto a todo, llega ya derrotado, aun sin que se haya disparado un solo tiro.
Esta lógica recuerda al viejo patrón de hacienda que impone su voluntad no mediante el diálogo, sino a través del miedo. No hay negociación real cuando una de las partes se reserva el derecho de la amenaza permanente. En este contexto, la diplomacia se vacía de contenido y se convierte en una mera formalidad.
El segundo aspecto —más profundo y estructural— es el uso de la coerción económica como arma política. La imposición arbitraria de aranceles, sanciones y bloqueos constituye una forma moderna de guerra que no requiere ejércitos visibles. Este mecanismo explica, en gran medida, el silencio de muchos países, incluidos varios de Iberoamérica. La prudencia diplomática, presentada como sensatez, encubre en realidad el temor a represalias económicas que podrían desestabilizar mercados, gobiernos y sociedades enteras.
Algunos países de la región han osado firmar declaraciones contra la invasión, la captura o el secuestro de autoridades venezolanas. Sin embargo, ir más allá parece considerado imprudente. La relación que se establece es clara: patrón y subordinado, donde la desobediencia se castiga con el saqueo sistemático de recursos.
No se trata únicamente del petróleo. La lógica extractivista del imperialismo no reconoce límites: el agua, los territorios turísticos, las playas, e incluso la soberanía fiscal están en la mira. ¿Por qué pagar impuestos nacionales —se preguntan las corporaciones— si el emperador ya ha construido las torres? Esta mentalidad colonial, revestida de modernidad, reproduce las formas más antiguas de dominación.
Frente a este escenario, el dilema no admite soluciones cómodas. La salida no es la paciencia del esclavo ni la resignación del débil. La única alternativa posible es la resistencia organizada, consciente y unitaria. La fragmentación es el terreno fértil del depredador; la unidad, aunque difícil, es la única posibilidad de freno.
Evitar la táctica del desgaste psicológico y del miedo permanente —incluso el miedo a la muerte— es una tarea urgente. No se trata solo de detener a un individuo o a su círculo de poder, sino de enfrentar un modelo imperial que se impone mediante la intimidación, la violencia económica y el silencio cómplice.
El camino es arduo, un verdadero camino de espinas, pero es el único que conduce a la dignidad y a la soberanía. La historia demuestra que ningún imperio es eterno cuando los pueblos deciden dejar de callar.La necesidad de estar unidos nos da una posibilidad de mayor unidad frente a la fragmentación, en la cual el depredador plantea las negociaciones unilateralmente. Debemos evitar la táctica de desgaste psicológico al miedo de la muerte. R.B. 5/1/26, hora 1 am de la madrugada.
Ricardo Borda 5/1/26 hora 1am.

Totalmente de acuerdo .
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