La rosa y el barro.



 Por Ricardo B.

La comunicación fluida y campechana llega a más personas, como un sendero sinuoso abierto en la ciénaga blanda por donde avanza la palabra. En la superficialidad del mensaje apenas se reciben sonrisas o muecas de aceptación, porque la sonrisa del otro aprueba la continuidad del camino. Y cuando el caminante percibe que la voz logra atravesar el barro sin hundirse, entonces interpela con cuestiones más complejas, con aquellas dicotomías nacidas de experiencias lejanas, historias viejas y heridas que todavía respiran bajo el agua oscura.

Mientras el esfuerzo de cruzar la ciénaga no me arrastre hacia el fondo, continúo buscando terreno firme donde sostener la marcha. Pienso que aquellos grupos que atravesaron antes estos lugares debieron de ser seres livianos, casi sin peso, capaces de desplazarse sobre el lodo sin romper su superficie. Tal vez conocían secretos que nosotros olvidamos; tal vez entendían que toda comunidad se construye sobre equilibrios frágiles y que basta un exceso de codicia para que el suelo comience a tragarse a sus propios habitantes.

 

 

Me gritan los que vienen detrás. Sus voces llegan deformadas por la humedad y el viento:
no hay ningún lugar al que llegar ni a la derecha ni a la izquierda.
Solo barro.
Solo tránsito.
Solo una marcha interminable sobre restos de antiguas certezas.

Entonces comprendo que la palabra, cuando posee razón y memoria, es guerra. Pero no una guerra de pólvora únicamente, sino una guerra silenciosa, librada en la persistencia de los motivos pensados, en la firmeza de quien todavía intenta nombrar aquello que otros desean ocultar bajo la niebla. Cada frase se vuelve un paso inseguro sobre la tierra blanda. Cada idea puede abrir un camino o provocar el hundimiento.

¿Y qué semejanza existe hoy entre las grandes empresas tecnológicas y el viejo mundo feudal? Quizás más de la que estamos dispuestos a admitir. La suma de estas corporaciones parece formar parte de la nueva corte imperial del reino moderno. Sus torres ya no se levantan sobre piedra ni hierro, sino sobre redes invisibles, algoritmos y flujos permanentes de información. El castillo ahora es digital, pero conserva los mismos corredores de obediencia.

Los vasallos de ayer, alejados de la tierra y de su fruto, encuentran hoy su continuidad en hombres y mujeres suspendidos dentro de un lodo sin techo. Sujetos acumulados como sobrante de una comunidad que necesita limpiarse constantemente en el agua bendita derramada sobre el otro. Todo aquello que el sistema no logra incorporar termina flotando en los márgenes, convertido en residuo humano, en sombra estadística, en ruido de fondo.

Y sin embargo, en mi porfiada manía de mirar hacia atrás, continúo hundiéndome. Porque quien mira demasiado el pasado corre el riesgo de quedar atrapado entre cuerpos antiguos, herramientas rotas y voces que todavía llaman desde debajo del barro. Hay memorias que pesan más que las piedras.

A veces imagino que, en algún lugar oculto detrás de muros blancos y pantallas luminosas, ya existe una fábrica moderna y cibernética donde una inteligencia artificial aprende lentamente a producir humanos sin hogar: seres adaptados a sobrevivir sin raíces, sin comunidad y sin memoria; caminantes perfectos para atravesar eternamente la ciénaga sin preguntarse jamás quién convirtió el mundo en pantano.

 










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