España y América: la historia prohibida, a 24 horas del partido.

 






Por Ricardo B : 
¿Qué tal, amigos?

Hoy, a 24 horas del partido con España, tenemos algo que decir, aunque ello pueda implicar ciertos riesgos. No riesgos deportivos ni de resultados, sino riesgos vinculados a la censura y al clima de intolerancia que domina muchos debates actuales. En tiempos donde existen temas intocables y donde las grandes redes sociales actúan muchas veces como árbitros ideológicos, expresar una opinión en el siglo XXI puede convertirse en un acto peligroso. Demandas, cancelaciones o cierres arbitrarios de canales y cuentas son parte de esta nueva realidad.


Pero vayamos al partido con España y el recuerdo de Gadir.

Antes que nada, diremos que este encuentro no debería verse únicamente como un enfrentamiento entre selecciones rivales, sino también como el encuentro entre pueblos históricamente unidos. Españoles y orientales compartimos raíces profundas, aunque con trayectorias diferentes.

En la época de 1812, cuando España enfrentaba la invasión napoleónica y las Cortes de Cádiz intentaban reorganizar políticamente la monarquía, los territorios americanos eran considerados provincias de ultramar y no simples colonias, como muchas veces se repite de forma simplificada. Durante aquel período, Cádiz —aquella histórica ciudad amurallada— se transformó en la capital política de la resistencia española.


Las Cortes estuvieron integradas por más de trescientos diputados, de los cuales cerca de sesenta representaban a América. Sus principios defendían la soberanía nacional, la igualdad ante la ley y ciertos derechos civiles modernos para la época. Incluso existieron propuestas americanas destinadas a reformar profundamente la estructura imperial: reducir aranceles, abrir más puertos al comercio y construir un mercado común hispánico que integrara ambos hemisferios. Una idea que, en cierto sentido, se adelantaba más de un siglo a proyectos posteriores como la Commonwealth británica.

Por eso, algunos historiadores sostienen que los conflictos del siglo XIX pueden interpretarse no solamente como guerras de independencia, sino también como procesos de secesión y fragmentación política dentro de una misma comunidad histórica.

Dicho esto, más allá del resultado del viernes, quienes ganemos seremos los pueblos unidos por una historia común: iguales en muchos aspectos, diferentes en otros, pero conectados por una herencia cultural imposible de negar.

Y dejando de lado los excesos del falso nacionalismo deportivo —que muchas veces poco tiene que ver con la verdadera superación humana y deportiva— diremos simplemente:

Que gane el mejor.

Y que viva por siempre la hispanidad. R.B 

 

 


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