¿Quién defiende los intereses nacionales?
Por R.B
Mientras Uruguay debate cuestiones internas, una realidad avanza silenciosamente sobre uno de los pilares de nuestra economía: las exportaciones. La guerra unilateral de aranceles impulsada por los Estados Unidos ya tiene consecuencias concretas para nuestro país. Primero fue un arancel del 10 % para nuestros productos. Poco después, se anunció un nuevo incremento del 2,5 %. La pregunta es inevitable: ¿cuál es la respuesta de Uruguay?
No se trata únicamente de cifras ni de porcentajes. Está en juego la competitividad de nuestras empresas, el trabajo de miles de uruguayos y la capacidad del país para sostener su presencia en los mercados internacionales. Frente a una decisión adoptada de manera unilateral por una potencia económica, el silencio o la resignación no pueden transformarse en una política de Estado.
Las relaciones internacionales exigen prudencia, pero también firmeza. La diplomacia no consiste en sonreír mientras se lesionan los intereses nacionales. Consiste en defenderlos con inteligencia, con argumentos jurídicos y con una estrategia clara. Uruguay dispone de mecanismos institucionales para hacerlo, desde la Organización Mundial del Comercio hasta los canales bilaterales de negociación. La cuestión es si existe la voluntad política de utilizarlos.
La historia enseña que ningún poder es permanente. España perdió su predominio cuando confundió autoridad con imposición. Hoy, aunque las dimensiones y las circunstancias sean distintas, el recurso creciente a medidas comerciales unilaterales vuelve a plantear interrogantes sobre el rumbo de las relaciones económicas internacionales.
Uruguay debe hacer valer su condición de Estado soberano. Corresponde convocar al embajador de los Estados Unidos para solicitar explicaciones sobre estas medidas y expresar formalmente el perjuicio que ocasionan a nuestra economía. Ese gesto no constituye un acto de confrontación, sino el ejercicio legítimo de la defensa de los intereses nacionales.
Los países pequeños no pueden competir por el tamaño de sus mercados, pero sí por la seriedad de sus instituciones y la firmeza con la que defienden sus derechos. Renunciar a esa defensa sería aceptar que otros decidan el destino de nuestra producción, de nuestras exportaciones y, en definitiva, de una parte sustancial de nuestro futuro.
La defensa de Uruguay comienza cuando sus intereses nacionales dejan de ser un tema secundario.
R.B.

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